Clase Número 1
Estigma y discriminación

Estigma y discriminación

Estereotipos y estigmatización

Como resultado de los estereotipos anteriormente descriptos, muchos usos de drogas constituyen estigmas


En relación a este concepto, introducido en los años sesenta al análisis sociológico, Erving Goffman señala:



“Los griegos, que aparentemente sabían mucho de medios visuales, crearon el término estigma para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien los presentaba. Los signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo, y advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor –una persona corrupta, ritualmente deshonrada, a quien debía evitarse, especialmente en lugares públicos-. Más tarde, durante el cristianismo, se agregaron al término dos significados metafóricos: el primero hacía alusión a signos corporales de la gracia divina, que tomaban la forma de brotes eruptivos en la piel; el segundo, referencia médica indirecta de esta alusión religiosa, a los signos corporales de perturbación física. En la actualidad, la palabra es ampliamente utilizada con un sentido bastante parecido al original, pero con ella se designa preferentemente al mal en sí mismo y no a sus manifestaciones corporales. Además, los tipos de males que despiertan preocupación han cambiado”.




Goffman describe el estigma como un proceso de devaluación que «desacredita significativamente» a un individuo ante los ojos de los demás. Los atributos que justifican el estigma pueden ser totalmente arbitrarios; por ejemplo, color de la piel, manera de hablar o preferencias sexuales. Dentro de culturas o contextos particulares, ciertos atributos se magnifican y son definidos por los demás como deshonrosos o indignos.

Este autor argumenta que al individuo estigmatizado se lo ve como una persona con una “diferencia indeseable”. Señala también que la sociedad conceptúa el estigma en función de lo que constituye la “diferencia” o “desviación”, y aplica reglas o castigos que conducen a una suerte de “identidad deteriorada” en el individuo en cuestión. De este modo, la etiqueta del estigma -entendido como un atributo negativo- se les coloca a las personas, quienes a su vez y en virtud de su diferencia, son valoradas negativamente por la sociedad.




Estudios antropológicos más recientes señalan las limitaciones de este enfoque en torno al estigma, caracterizándolo como individualista e indicando que reduce el problema al estudio de atributos desacreditadores, considerados como culturalmente construidos en el marco de las interacciones entre individuos o grupos, y sobre todo, de relaciones diádicas o microgrupales.


Parker y Aggleton han indicado como parte sustancial de las limitaciones de este enfoque que, si bien se reconoce la complejidad y diversidad cultural de la estigmatización y discriminación, las aproximaciones conceptuales tienden a considerar la estigmatización en términos estáticos y a enfatizar su construcción cultural, independizando estos fenómenos de las condiciones estructurales y los contextos de desigualdad y poder en los que anclan la construcción de estos estereotipos. Como correlato, reproduciendo las definiciones de sentido común, la discriminación queda reducida a una cuestión de “trato injusto”, dependiente de voluntades individuales o grupales.



Al respecto, la antropóloga argentina Mabel Grimberg señala:


“Los estereotipos estigmatizantes y las prácticas discriminatorias se producen y mantienen desde modos de relación y prácticas entre conjuntos sociales en desiguales relaciones de poder, contribuyen, a la vez, a legitimar y reforzar esas desigualdades. Por eso, más que de “estigma”, que induce a una visión individual y estática, resulta adecuado entender estos fenómenos como un proceso social e histórico en constante cambio, en el que nuevos y viejos sentidos y prácticas sociales son producidos, reactualizados y frecuentemente resistidos (...) los procesos de estigmatización no pueden comprenderse fuera de su entramado a prácticas de discriminación social que impactan la vida y las identidades de vastos conjuntos sociales. Estas prácticas de discriminación articulan dispositivos de dominación y opresión entre categorías de clase, género, edad, étnicas etc., que se traducen en diversas formas de sufrimiento social, persecución y violencias contra sujetos y grupos. De ahí la necesidad de un enfoque antropológico político que entienda la estigmatización y la discriminación social como un proceso histórico social, que opera en estructuras de desigualdades sociales y políticas, resistencias y negociaciones en el marco de un campo societal de disputa por la hegemonía y la legitimación del poder.”


Qué es la discriminación

Cuando el estigma se instala, el resultado es la discriminación


La discriminación hace referencia a cualquier forma de distinción, exclusión o restricción arbitrarias que afecte a una persona, generalmente pero no exclusivamente, por motivo de una característica personal inherente o por su presunta pertenencia a un grupo concreto, con independencia de que exista o no alguna justificación para tales medidas.


La discriminación consta de tres componentes: las actitudes discriminatorias (también conocidas como prejuicios), el comportamiento discriminatorio y la discriminación. Los dos primeros (las actitudes y el comportamiento discriminatorios) se aplican a las personas que están dentro de la norma social; en cambio, el último (la discriminación) se aplica a la relación entre los que están dentro de la norma social y los estigmatizados.

Al analizar el estigma y la discriminación asociados al VIH, Foreman, Lyra y Breinbauer indican:


“El estigma y la discriminación existen en un círculo vicioso. El estigma facilita o promueve las actitudes discriminatorias. Estas actitudes a menudo se reflejan en el comportamiento que da lugar a actos de discriminación. Los actos de discriminación acentúan o favorecen el estigma.”




Algunos ejemplos dan cuenta de hasta qué punto los usuarios de drogas son víctimas del estigma y la discriminación. Veamos el siguiente relato de Dave Burrows


En uno de los pocos informes que ha examinado la discriminación contra los consumidores de drogas inyectables (...) se llegó a la conclusión de que cierta proporción de los 300 consumidores de drogas inyectables en Nueva Gales del Sur, Australia, había sido “maltratada” por la policía (80%), el personal del hospital (60%), los médicos (57%), los farmacéuticos (57%), los empleadores (47%), los dentistas (33%), los proveedores de metadona (33%), los servicios de tratamiento de abuso de sustancias (33%) y los trabajadores de salud de la comunidad (7%). Según el informe: “Las experiencias de discriminación son tan comunes e implacables que muchos usuarios no se dan cuenta que los discriminan. Parece normal ser tratado mal y vilipendiado si se es usuario”.





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